17/3/10

2.

Cuando llegó Pedro, Cristina ya se había ido. La casa estaba vacía de ella y repleta de tonterías y vanalidades. La ropa desperdigada, los muebles fuera de sitio y la maleta de leopardo no estaba en el armario. Así fue como él supo que ella no volvería. No, porque ya no era su casa, ya no eran ellos. No como antes. Pedro se tumbó en la cama, aspiró el aroma a fresas de Cristina y rompió a llorar, abrazándose los hombros, pegándose con fuerza los retazos de recuerdos a su corazón semidesintegrado. Mientras, Daniela miraba a Cristina, dormida en su sofá, con restos de lágrimas y desesperación, haciendo tiempo antes de cogerse el vuelo a Viena. Entre sueños, susurró "No será igual sin ti..." y Daniela, pensando en Pedro, se quiso morir.

22/1/10

1.

Hace años, conocí a alguien. Alguien que, con sólo mediar un par de palabras, supe que cambiaría mi vida para siempre. Yo era joven, mucho, y estaba destrozada, con una marca que, por más que la cures y laves, no se borra. Ni con ácido. Es como un tatuaje emocional, ¿sabes? Hay veces que aún me duele todavía y creo, a mi ventura o pesar, que no llegará a cicatrizar jamás. A veces, me sienta bien tener esa herida porque, ya lo decían, que un clavo sacaba a otro clavo. Estaba mal, hasta que llegó esa persona. Nada dolía ni pensaba, y era más fácil cualquier cosa, excepto estar con ese individuo en cuestión. Cuando él llegó, yo era una cría, adolescente, pero una niña, al fin y al cabo, aunque yo me creyera sumamente madura. – Sonrió con pesar y nostalgia, cogiendo la copa con las dos manos. Bebía vodka con limón, y tenía los labios temblorosos. – Con su llegada, se abrió una puerta que, antes, ni siquiera había visto. A base de hablar, nos fuimos conociendo y, en verdad, creo que, desde el primer momento, le fui queriendo y, antes de querer darme cuenta, ya le amaba. Hoy, más que nunca, lo sé a ciencia cierta. ¡Qué expresión tan irónica en mí, que nunca he sabido de ciencias! – Y dejó escapar una carcajada ligera, para después beber de nuevo y mirarme, con la sonrisa aún pintada. – En su momento, lo creía... hoy lo confirmo. En verdad, desde entonces, no he dejado de hacerlo. Me enseñó su modo de ver, sentir y pensar y, ¡qué cojones! No le faltaba razón. Después, el tiempo fue pasando, y nosotros con él. Fue cuando empezó todo. – Enfatizó la última palabra y hundió los hielos con el dedo índice, perdiéndose en sus recuerdos. Cuando levantó la vista, parecía aguantar el llanto. – No sabría decir el qué, si era bueno, malo o muy jodido, pero empezó. Mientras duró, sentí cosas que todos deberían vivir, al menos, una vez en la vida, y otras que no se las desearía ni a mi peor enemigo. Fue demasiado deprisa, ¿sabes? A millones de años luz en nuestra galaxia, en una vida no tan, tan lejana. Lo quise como podía y debía, como nadie, pero… espero no volver a hacerlo. Dolía demasiado, aunque no me arrepiento. Cada herida abierta, que no ha llegado a cerrar del todo, ha servido. Es como dar un paso en falso y saber que, para la próxima, cuando tienes el barro al cuello, no debes poner el pie en el mismo sitio. ¿El problema? Que yo erraba consciente, e inconscientemente. No quería dejar de sentirlo, aunque fuera de ese modo. Y él ayudaba, empeorándolo todo. Generé un gen masoquista en lo referente a él, que solía ser todo. Con mil y una cosas, me venía a la cabeza porque, ya sabes… o no, no lo sabes, porque no lo conoces. La cuestión es que no es una persona que haga algo sin quererlo, ni siquiera ser olvidado. Prueba de ello fue que, en cuanto quiso, volvió. Si me dieran a elegir entre la humanidad, y él, podían programar un genocidio para la próxima noche en todas las cadenas mundiales. Todo daba bastante igual, porque no había nada sin él. – Se terminó la copa, cerró los ojos y paladeó el alcohol, para luego mirarme y, con gesto cansado, rascarse los ojos con suavidad, no fuera a corrérsele la sombra de ojos negra. – A veces me pregunto, no sin curiosidad malsana, cómo habría sido todo de no haberlo conocido pero, oye, no querría saber la respuesta. Él existía, estaba en mi vida, y no lo quería cambiar. Fuera del modo que fuera. Me educó en escribir la vida, la mía, con sangre, para que no se pudiera borrar. Siempre decía que las cosas no se hacen para arrepentirse y, de ese modo, te asegurabas de tenerlo marcado siempre, que quedara claro. De no conocerlo, podría haber llegado a pensar que todo lo tenía planeado, pero es demasiado impulsivo para algo así. ¿De serlo, preguntas? Le daría las gracias, igualmente. – Sonrió. Creí que a mí, pero fue al camarero que le traía otra copa, y le dedicó un par de palabras al oído. Ella estrechó mi mano y le miró lamentándose. – Disculpa si te ha molestado. Como iba diciendo, me gusta el modo en que sucedieron las cosas, porque me han ayudado a ser como soy. No podían ser de otro modo porque, con él, nunca se podía ganar, y salí poco malparada, después de todo. Sigo siendo joven, es cierto, pero creo que he dado los pasos adecuados para poder ser alguien digno algún día, todavía no. Al menos, para mí y para él. Con eso me basta. Es... ¿cómo decirlo? – Bebió, mirando por la ventana, buscando la respuesta en el tráfico. – Es la sensación inequívoca de que, igual que ahora, cuando pasen los años, y mire atrás, veré lo grande que me han hecho las circunstancias, hayan sido buenas o malas. Seguiré pensando que lo tendré clavado siempre, del modo que sea, hasta el fin de mis días. – Me dedicó una mirada de reojo, revistiéndola con una sonrisa, para después levantarse y pagar lo nuestro. Medio vodka seguía en la mesa y, desde la puerta, mientras me lo bebía yo, terminó de hablar. – Un tatuaje es para toda la vida, al fin y al cabo.


(Abrimos rinconcito.)